Caminar sobre el agua

…y no hundirse

Lago de Galilea, Israel (foto de Gerardo Ferrara)

En la tradición judía, ir a la Tierra de Israel significa levantarse, tanto espiritual como físicamente. Israel y Jerusalén han sido durante siglos, incluso para los cristianos, los lugares más altos de la tierra, los más cercanos a Dios, tanto es así que todo el que va a vivir o peregrina allí se dice, en hebreo, ‘oleh, es decir, “el que va hacia lo alto”, e incluso la compañía de bandera israelí se llama El Al, “hacia lo alto”, pues no conduce tanto al cielo, sino a Israel, o sea al lugar más alto de la tierra, en un sentido espiritual.

En cierto sentido, ir de peregrinación a Tierra Santa no solamente es subir a las cumbres más elevadas del espíritu, sino también hundirse en los abismos de la conciencia, exactamente como descender de Jerusalén a Jericó y a la depresión del Mar Muerto, el punto más bajo de la superficie de la tierra: un viaje para comprender mejor quiénes somos.

Momentos de sublime espiritualidad, de meditación, de oración, en los cuales compartir con amigos y compañeros de peregrinación, se alternan con otros de malestar, cansancio, intolerancia, egoísmo y confusión. Se sube al monte Tabor, más allá de las nubes, para disfrutar de la armonía del cielo, pero luego se vuelve a la cruda realidad cotidiana, una realidad de judíos, musulmanes y cristianos en constante pelea entre ellos, muros divisorios, pueblos árabes surgidos sin ninguna orden y lógica, ciudades israelíes hechas de edificios enormes y grises, pobreza y riqueza, miseria y nobleza, hospitalidad y rechazo lado a lado, enfrentándose. En un momento es como caminar sobre el agua clara, dulce y azul del Mar de Galilea, que, sin embargo, es capaz de agitarse repentinamente, debido a los vientos y tormentas que vienen del Golán; en otro, viajando, se pasa de las verdes orillas de esta gran masa de agua de Galilea para llegar, en un par de horas, a las aguas fangosas, saladas y grisáceas del Mar Muerto, el mar de sal rodeado por el desierto: aquí, las colinas verdes y floridas en las que Jesús proclamó la Buena Nueva a la multitud dan paso a la aridez y a las rocas sobre las cuales se apoyan los cimientos de monasterios que han surgido de la nada y que se esconden entre grietas y precipicios.

Parece natural que Dios escogiera Tierra Santa para revelarse a los hombres. Aquí, la geografía de los lugares es extraordinariamente similar – en variabilidad, cambios bruscos, alternancia entre aridez y riqueza de agua, silencio y confusión, amenidad y fealdad – al alma humana. Muchas veces en la vida uno se siente solo y perdido como en el desierto de Néguev; muy a menudo, los descensos del Tabor, la montaña que es símbolo de nuestros momentos de cercanía con Dios, son traumáticos y dolorosos; flotar en las aguas tranquilas de nuestros momentos felices es casi tan frecuente como hundirse en el barro y en el ardor de la sal que mata y nos incapacita para vivir y hacer vivir, precisamente como el Mar Muerto.

Personalmente, después de hacer muchos viajes a esos lugares, puedo testificar que me siento así, dividido entre la alegría y la nostalgia: en medio de tantos buenos compañeros de camino, me parecía estar escuchando nuevamente las palabras de Isaías y ver gentes que no conocía correr a mí por causa de Dios que me honraba; era como presenciar lo más sublime del mundo en una alta montaña: la comunión con personas queridas; sentía, luego, que el río Jordán lavaba todas mis impurezas, curaba cada herida, sanaba cada llaga.

Luego, de regreso a casa, especialmente en estos tiempos tan difíciles de pandemia, uno siente que casi todo se le escapa de sus manos y hasta la incomparable belleza de una ciudad tan maravillosa como Roma, la ciudad donde yo vivo, parece incapaz de compensar la pérdida de esa alta montaña, ese refugio seguro, de esas personas con las cuales pude compartir tan buenos momentos en muchos viajes. Una vez más, experimento la separación, que es la negación de Dios y que me impulsa a soñar con el paraíso no tanto como un lugar exuberante y placentero, sino como la comunión eterna con Dios y con todos mis seres queridos, todos los con que me encontré en mi vida y de los cuales me veo obligado, inevitablemente, para separarme.

Entonces, ¿fue todo en vano? ¡Para nada!

En primer lugar, llevo un tesoro precioso conmigo: la comunión espiritual con las mismas personas que me acompañaron, quienes hicieron la tierra de Israel aún más hermosa de lo que realmente es. Con ellas, aunque estoy lejos de Tierra Santa, la peregrinación continúa dentro y fuera de mí. Juntarme con ellas en oración es como transformar el río de mi ciudad, el Tíber, en el Jordán, San Pedro en el Santo Sepulcro, el salón de mi casa en el Mar de Galilea, ya que todos nosotros somos el nuevo Israel. Y entonces me acuerdo de que ya no hay Tierra Santa, o mejor, de que toda la tierra es santa, que sea Italia, México, España, Chile o dondequiera en el mundo, y que todos somos guardianes e instrumentos del Reino de Dios que ya está presente en nuestra vida, en las cosas que hacemos todos los días, en las personas que viven al lado nuestro. Así, viendo las fotos de esos lugares de Oriente tan queridos, veo, al mismo tiempo, los rostros de las personas que me acompañaban y me repito que ya no podemos vivir apegados a la idea de una tierra y una patria en este mundo: nuestras raíces están en un lugar diferente, en una realidad diferente, quizás menos visible, pero ciertamente mucho más concreto y resistente a las tormentas, que es nuestra fe.

En segundo lugar, pienso que un peregrino de verdad es, como se le definía en la Edad Media, un homo viator, es decir un hombre que anda, alguien que continuamente consagra y reconsagra no solamente a si mismo y a lugares tradicionales donde se suele ir de peregrinación, como pueden ser el Camino de Santiago, Roma o Jerusalén, sino todos aquellos pequeños entornos físicos y espirituales de la vida ordinaria, donde él se convierte, antropológicamente, en instrumento de una teofanía, de una manifestación de lo divino, a través de las oraciones que él cumple andando. En un sentido cristiano, para hacerlo más sencillo, un cristiano es Cristo, pues es un miembro del cuerpo de Cristo, así que ya no es él quien vive y anda, sino que es Cristo, el mismo Cristo que andaba por los caminos de Galilea, de Judea y de Samaría y que hoy en día sigue andando en las calles de Roma, de Madrid, de Bogotá, de Nueva York.

De hecho, en la antropología de la Edad Media lo que distinguía el espacio (káos) del lugar (kósmos) era una teofanía: la manifestación de lo divino y la presencia de lo sagrado, a través de la cual todo lo que era salvaje, repleto de demonios y supersticiones, inexplorado e incivilizado, inculto, se convertía en tierra consagrada a Dios, civil, bien ordenada, gobernada, segura, el “no ser” que se convertía en “ser”. Las calles y los santuarios de la Europa medieval, pues, eran arterias de la civilización y los peregrinos que caminaban por ellos eran la sangre que fluía, una señal de la divinidad civilizadora.

En el libro El hombre vivo, de G. K. Chesterton, el protagonista es Innocent Smith, un excéntrico personaje que logra cambiar para mejor las situaciones y vidas de las personas que encuentra, a pesar de ser injustamente acusado de diversos delitos, por el simple hecho de ser un hombre feliz que desea transmitir a los demás la alegría de su propia condición. A través de él, incluso lo malo parece convertirse en bueno. Él es ese “hombre vivo”.

Si lo pensamos bien, nosotros los cristianos, peregrinos en este mundo, podemos combinar, en nuestra vida, los dos conceptos de hombre vivo y homo viator. Cada día podemos volver a consagrar las calles, las plazas, los barrios de nuestros países tan afligidos, en estos tiempos de pobreza material y espiritual y de crisis en todo ámbito de la existencia humana. No hace falta ser tan dignos o sin pecado, perfectos y realizados en nuestras vidas y trabajos. Solo basta nutrirnos a diario de la fuente de la vida para convertirnos en hombres y mujeres vivos y, andando por los caminos de nuestras vidas, en homines viatores, portadores de la gracia que recibimos sin merecerla.

Así, aún no pudiendo salir de nuestras ciudades y de nuestros páises para ir a Tierra Santa, podemos caminar sobre el agua, y no solamente sin miedo a hundirnos, sino ayudando a los demás para que no se hundan.

One Reply to “Caminar sobre el agua”

  1. Que magnifico resumen de esa gran experiencia que permanece tan viva, porque somos parte de ese caminar de cada día, seguros y tranquilos buscando la presencia de Dios , a quien mejor conocimos en Tierra Santa, Y sabiéndonos compartiéndolo con tantas personas que lo hacen de la misma forma.

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